Palabras mágicas

Por: Roger de Lafforest

Si se estudia el vocabulario de la suerte, se encuentra uno inevitablemente con palabras mágicas que la sabiduría popular ha transmitido generación en generación. Son interesantes porque salen del fondo de las edades con su envoltura de misterio. Pero nunca he tenido oportunidad de comprobar personalmente la eficacia de las mismas. Pienso que esta eficacia está en función de la voluntad del hablante más bien que de la virtud intrínseca de la palabra. A simple título personal, para entretenimiento de quienes quieran experimentarlas, he aquí algunas.

Para tener suerte en la caza, para no fallar la presa, hay que invocar en voz alta, al encararse el arma, a los tres reyes magos: MELCHOR, GASPAR, BALTASAR.

Si a pesar vuestro os veis metido en una riña tempestuosa, saldréis bien librado gritando la palabra mágica: ¡MIROCH!, que inmovilizará a vuestros adversarios.

Para tener suerte en el juego —una suerte muy especial, por lo demás, que permite conocer las cartas ocultas de los adversarios o tener la previsión del número que va a salir— basta, al parecer, con invocar en voz alta e inteligible al ángel Uriel repitiendo tres veces: GALATÉ, GALATÁ, CALÍN, CALÁ.

Si sois víctimas de un atraco y un gánster os tiene encañonado con una pistola, no arriesgáis nada si gritáis a tiempo: ¡ARMISÍ FARISÍ RESTINGÓ! Pero no contéis conmigo para daros una traducción ni siquiera aproximada de este latín de cocina mágica.

Para tener suerte en amor, existen también naturalmente muchas recetas mágicas en que la palabra desempeña un papel capital. Citaré dos que me parecen encantadoras.

Usted está enamorado de Françoise, quien no responde a ese inflamado sentimiento. No desespere. Vaya a pasearse al campo y trate de encontrar en el borde de una zanja la hierba llamada de «los nueve caminos» (concordia). Cuando la haya descubierto, cortará usted una brizna gritando con voz firme: «Te recojo en nombre de SCHEVA para que me sirvas concediéndome la amistad de Françoise.» Cuando se encuentre usted con su cruel amiga, no tendrá más que deslizar subrepticiamente esa brizna de hierba en su bolsillo. De inmediato ella le amará. Es obra de SCHEVA. ¿Que quién es SCHEVA? No tengo la menor idea.

Otro medio consiste en trenzar agujas de pino en forma de corazones entrelazados al mismo tiempo que se dice: «Mi corazón y tu corazón no forman más que uno. Si lo pisas, mi llama retienes.» Llegada la noche, coloca usted discretamente las agujas de pino en el umbral de la bienamada. Si al salir ella de su casa la mañana coloca el pie izquierdo sobre los corazones trenzados, usted tendrá su amor dentro de la misma semana.

La mala suerte os persigue. Creéis ser víctima de los malévolos. La magia tradicional os aconseja resistir pronunciando en voz alta esta extraña oración: «Lasgaroth, Aphoridos, Palatia, Urat, Condión, Lamacrón, Fudón, Arpagón, Alamar, Bulganis veniat Serebani», santiguándoos entre una y otra invocación.

El destino obedece a la voz

Este galimatías folklórico quizá tuvo en sus tiempos su virtud, pero ésta se ha embotado en el curso de los siglos. No sabemos ya su modo de empleo, no sabemos ya como agitar dicha virtud antes de servirnos de ella. Hoy día, los medios de que disponemos para llamar a la suerte son científicos o religiosos. Los primeros no utilizan apenas la palabra más que como una ayuda; los segundos son plegarias que se encuentran en todos los misales romanos o en las tradiciones orales de las religiones animistas.

Al orar, es decir, al pedir según las formas convenientes, el hombre obliga a las cosas o a los acontecimientos a ser lo que él desea que sean. La voz, que es por excelencia el órgano del mandato, es necesaria para desencadenar el mecanismo de la acción. El destino obedece mejor a la voz que a la razón, porque la razón está falseada por la usura de las palabras, en tanto que una palabra es siempre ante todo una vibración que entraña el proceso de una cierta fatalidad.

Entre las oraciones más eficaces hay una —que no se encuentra, creo, en ningún libro— que es capaz, si se pronuncia con la autoridad requerida, de favorecer el éxito de no importa que empresa. La he copiado del libro de notas de una vieja dama provinciana, apodada por sus amigos «La señora suerte» y que conocía suculentas recetas de felicidad. Ella no vendía su ciencia; era una desinteresada consejera. Con sus manos enguantadas en mitones, con sus dedos torcidos por los reumatismos, hiló mejor que la Parca centenares de destinos más felices de lo previsto. Era su única distracción. Hoy, que está muerta, visitantes indiscretos aún llegan a su tumba para pedirle guía. Para muchos inquietos y desgraciados, ese pequeño cementerio provinciano ha sido la encrucijada de sus destinos. En aquel cruce de vías, un consejo llegado del otro mundo los ha conducido a tomar la de la suerte.

Todo lo que me queda de mi vieja amiga es una Plegaria de poder y de protección, que muestro aquí para su buen uso:

¡Oh, Bienaventurados Espíritus y Servidores iluminados de la Muy Alta Potestad, grito hacia vosotros, yo, criatura muy indigna!
Os invoco y os imploro y pido vuestra Asistencia y vuestro Socorro en la ejecución de la obra que voy a emprender.
¡Alumbradme con vuestra Luz! ¡Calentadme con vuestra Llama!
¡Secundadme en mi Esfuerzo!
¡Sostenedme en mi debilidad!
Asistidme en el cumplimiento de mi difícil Tarea.
¡Poned entre mis manos el Poder que detentáis en las vuestras por la más Grande Gloria del Muy Poderoso, Nuestro Señor, y por la más grande Felicidad de los hombres, sus criaturas!
Protegedme contra los maleficios del Abismo y contra el Soplo envenenado de la Tiniebla Inferior,
y que vuestra Fuerza sea sobre mí como un escudo de Fuego para protegerme contra las Entidades malas de los Tres Mundos!
¡Que así sea!
¡Que así sea!
¡Que así sea!

AMÉN

Tomado del libro “Suerte y Superstición”, de Roger Lafforest.
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